GermEn.

viernes, 19 de marzo de 2010

La vida, Un parque de diverciones.

Como un pasajero en una montaña rusa, nos entretienen las emociones, la adrenalina, los giros y las vueltas.

Carteles llenos de normas de comportamiento nos dirigen.

Como en el laberinto de los espejos, nos vemos perdidos, confundidos, y vemos del hombre una imagen distorsionada, imperfecta, falsa.

Siempre perdidos, las señales en el camino nos guían al próximo juego.

Como en una calesita, damos vueltas y vueltas y nos encontramos con las mismas imágenes, las mismas caras, los mismos compases musicales que marcan nuestros pasos.

Cada vez que buscamos la salida, nos encontramos nuevamente con el principio.

Como en la vuelta al mundo, tocamos fondo, para luego tener la ilusión de que nos levantaremos y contemplaremos todo desde arriba, ya que solo por esos segundos de poder subimos al juego.

La música alta no te deja oír a tus compañeros. No puedes oír los ecos del pasado, de quienes cometieron los mismos errores que estas repitiendo.

Como en la casa del terror, nuestros miedos nos acechan, nos hacen retroceder, y distraen nuestra atención de todo lo que pasa fuera de la casa.

De hecho, todo el parque de diversiones es un entretenimiento, nada más que una distracción. Solo son paredes en las que nos encerramos para tener una vida llena de emociones, preocupaciones e ilusiones que logran distraer nuestra atención hacia el próximo juego.

Como en todo parque de diversiones, alguien tiene control sobre él. Alguien desea que nos quedemos todos atrapados en este estilo de vida, ojos ciegos a lo desconocido o “imposible”. Oídos sordos a los consejos que podrían liberarnos.

Jamás nos aburriremos. Quienes controlan el parque de diversiones, jamás permitirían que nos aburramos, que busquemos una vida fuera de sus paredes, que busquemos una realidad que no sea la que ellos nos indicaron desde nuestra concepción.

Y es por eso que tampoco queremos escapar del parque de diversiones.
Es que claro, ¿a quién no le gusta esto?

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